A veces me siento a observar mis fotos y me encuentro a menudo con mi propia mirada. Fragmentos de mí, de tiempos que pasaron. Registros de que antes de ahora, estuve  allí. Reconozco que todavía no soy capaz de detenerme a contemplar ciertos periodos, que todavía me producen desconcierto y un dolor profundo. Cada vez son menos y abro carpetas virtuales como quien abre cajas de tesoros que escondió hace tiempo. No sé de dónde surgió estos últimos años tanta necesidad de fotografiarme. Son mensajes que me lanzo a través del tiempo, cuyo sentido no soy capaz de analizar hasta que llega el momento preciso. Muestras de que mi vida no es solo sueño, o al menos de que es un sueño largo y complejo, donde estas imágenes son testimonio de que no vivo en un estancamiento. De que hubo algo que fue y quedó atrás. La alegría, la angustia, el dolor, la esperanza. Esto pasó y yo sigo aquí. Sobreviví a ello, al menos hasta ahora. Quizá cuando yo ya no pueda contemplar mis fotos, todavía puedan hacerlo otros. Y estoy seguro que desde esa imagen que alguien contemple, yo realmente estaré observando.

 

Enero, 2017

Enero, 2017

El desafío

Hace muchos años maté a un pájaro. No debía de elevarme más de seis palmos del suelo. Mi primo Luís y yo, jugábamos en el patio de su antigua casa en el campo, con una carabina de perdigones que no sé de dónde habría sacado. Nos cansamos de disparar a todo objeto inerte a nuestro alcance y con arrogancia infantil, fijamos nuestra diana sobre una urraca, que nos observaba desde un cable de la luz a unos 20 o 30 metros de distancia. Con una mezcla de miedo y excitación, soltamos dos o tres perdigonazos haciendo como que apuntábamos. O sea, que disparábamos sin mucha fe, sin esmerarnos demasiado… Creo que tras el tanteo inicial, me empezó a escocer el desafío de acertar. Agarré mejor aquel cacharro y apunté mientras desplazaba el cañón de arriba hacia abajo pausadamente, hasta ver aparecer mi objetivo y disparé. Un aleteo roto vino tras el disparo y al segundo, el pájaro cayó del cable… Mi corazón dio un vuelco. Corrimos asustados hacia unas zarzas que había al pié del poste de la luz y allí se agitaba el animalillo, severamente dañado. Sentí como empezaba a morderme la angustia al contemplar cada espasmo, hasta que mi primo, con un segundo disparo, los detuvo. 

Pasó tiempo ya y no recuerdo con exactitud que es lo que pasó justo después. No se me olvidará que antes de que acabara el día, fui a buscar a mi abuela llorando para confesar mi crimen, incapaz de sostener el dolor que anidaba en mi pecho. “Abuela, he matado un pájaro” y conté mi historia entre sollozos, tratando de hablar sin dejar de respirar y de que no se me cayeran los mocos. Tampoco recuerdo que es lo que ella me dijo. Sí, que me alivió. La culpa se mitigó y la pena voló de mi corazón a mi memoria, de dónde nunca más emigró.

En mi nuevo hogar, me visitan muchos pájaros. Se acercan a picarme las fresas o a rebuscar entre la tierra las diferentes semillas que planté hace unos días. Siento mucha curiosidad y desde el otro lado del cristal que separa el salón de mi patio, los observo. Se desplazan entre escarolas y lechugas hasta dar con algo de su interés. El codiciado grano, algún gusano o alguna brizna de hierba que puedan utilizar. Me marcan la hora de levantarme, aunque lleve ya un tiempo despierto y también hay alguno que me arrulla cuando trato de coger el sueño. Son mi más numerosa compañía. Cada vez que alguno me visita, lo recibo con cortesía. 
Estoy pensando en colocar algún nidos en las faldas de mi tejado, donde puedan anidar las golondrinas. Paso la tarde viéndolas, realizando dibujos invisibles y auténticas proezas, fantaseando con lo que tiene que ser volar con ese grado de destreza. Dentro de una semana ya será Junio y con más calor, tendremos más mosquitos. Espero aún más audaces piruetas. Ya me voy acostumbrando a sentarme, mientras va cayendo el sol, a disfrutar del espectáculo.

Mi patio